Escuchaba estos días en Spotify una canción de Leiva titulada «Caída Libre»; el autor describe a una persona atrapada en el ruido de sus pensamientos, cansada y confundida consigo misma. Una angustia en la que apenas se reconoce, sintiendo que algo se ha perdido y que todo parece artificial. El intérprete alega que intenta cuidarse y seguir adelante, aunque no sabe bien contra qué lucha.
No he escuchado antes a nadie definir algo tan exacto a lo que muchos de nosotros en nuestra vida hemos podido vivir (En España, aproximadamente un 34% de la población sufre o sufrirá algún problema de salud mental a lo largo de su vida)
Sentir dolor por dentro sin marcas visibles, de sentirte cansado incluso al despertar. Días en los que levantarte ya es una pequeña victoria y de otros en los que fingir que todo va bien se convierte en un acto de supervivencia. No afirmo estos conceptos desde la teoría, lo hago desde el desgaste. Hablo de una lucha silenciosa que no siempre sabe explicarse.
De pensamientos que regresan cuando crees haberlos superado, de emociones que desbordan sin permiso. Hablo de la sensación de no estar a la altura, de sentirte culpable por no responder como esperan de ti, de la frustración de querer y no poder. Hablo de un proceso que desarma. Del miedo a decirlo en voz alta.
Del temor a ser juzgado, a ser reducido a un diagnóstico, a que tu propio dolor pudiera incomodar a alguien. Mantenerse callado, pensando que el silencio es un protector. No lo es. El silencio pesa, aísla y agranda la herida. Entonces llega un momento en el que aprendes que hablar no te hace débil, te hace honesto.
Hablo de pedir ayuda tarde, pero pedirla. De aprender a aceptar límites, de entender que cuidarse no es rendirse. Hablo de personas que sostienen, de pequeños gestos cotidianos que te devuelven algo de luz cuando todo parece oscuro. Eres conocedor que la recuperación no es lineal, pero es posible.
Y hablo, sobre todo, de dignidad. De mirar el sufrimiento sin vergüenza y reconocerlo como parte de la historia. Hablar desde el dolor es también un acto de esperanza: la de que, si lo nombras, si lo compartes, quizá ayude a otros y a mí mismo a no sentirme tan solo.
Volviendo a la canción que te comentaba al principio, el autor intuye que está mirando la vida desde otro ángulo. Que hay una esperanza discreta de volver a levantar el vuelo cuando llegue un poco de luz. Y es ahí donde debemos llegar.


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