El pasado sábado acudimos a un bautizo en la iglesia de San Ginés y durante todo el acto la música del Carnaval en la plaza de Las Palmas sonaba al máximo volumen. A pocos metros dos actos compartiendo espacio sin ninguna coordinación . El resultado: una clara falta de respeto hacia quienes participábamos en una ceremonia con un valor íntimo y familiar.
No se trata de estar en contra de la fiesta ni del Carnaval en Arrecife. La gente tiene todo el derecho del mundo a celebrar y a llenarse de vida. Pero celebrar no debería significar molestar a la otra gente cuando es tan fácil evitarlo.
Una misa o un bautizo duran poco más de media hora. Basta con coordinar horarios y bajar puntualmente el volumen. No es apagar la música: es convivir con respeto y entender que el espacio público es de todos.
Resulta especialmente triste que quien en su día sacó pecho y gastó carretes de fotos defendiendo que la polémica cruz permaneciera en La Plaza, hoy permita que los altavoces a tope de escandalera silencien la palabra de Dios, o mire a otro lado cuando, tras la fiesta, las paredes del templo aparecen manchadas con orines y excrementos de desaprensivos cada vez que termina la fiesta que el mismo organiza.
Una ciudad viva también debe ser una ciudad respetuosa. Esto no va de fe ni de fiesta: va de civismo, coordinación y respeto básico.


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