Lo que el camino me enseñó

Mi historia con el Camino de Santiago no empieza caminando, empieza mucho antes, en una necesidad profunda de parar y recomponerme.

Hace un año perdí a mi madre de forma repentina. Desde entonces, algo en mí se rompió. Me hice más frágil, más vulnerable, atravesando momentos que, sin exagerar, podrían rozar lo depresivo. Hay pérdidas que no solo duelen, sino que te descolocan por dentro y te obligan a mirarte de una forma distinta.

En medio de ese proceso, mi fe comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante. Me he ido abrazando al cristianismo católico como quien se aferra a una columna en mitad de una tormenta. La misa, la biblia , la oración, los talleres de vida… han dejado de ser rutinas para convertirse en refugio, en guía y, en muchos momentos, en consuelo.

Y luego está ella, mi mujer. Con una empatía que todavía me emociona al recordarla, tuvo la generosidad de decirme algo que no todo el mundo sería capaz de decir: que me fuera, que hiciera el Camino… y que lo hiciera solo. Ese gesto, más que una despedida, fue un acto de amor profundo y de confianza.

Así empezó todo. No como una aventura, sino como una necesidad.

A pesar de no estar en mi mejor momento físico, decidí lanzarme. Siete días. Solo. Sin más compañía que mis pensamientos y la mochila.

Recomiendo hacer el Camino en soledad. No es una decisión cómoda, pero sí profundamente reveladora. Hay tramos en los que te encuentras completamente solo, rodeado de silencio, en medio de la nada. Y es ahí donde ocurre algo difícil de explicar: empiezas a escucharte de verdad. Te reencuentras contigo mismo. Te conoces.

No fue fácil. El primer trayecto, entre Sarria y Portomarín, estuvo a punto de acabar con mi aventura. Recuerdo llegar a la pensión prácticamente sin poder caminar. El cuerpo no respondía, el cansancio era extremo y la duda apareció con fuerza: “¿qué hago aquí?”. Estuve cerca de rendirme.

Pero el descanso de aquella noche lo cambió todo. No solo físicamente. A partir de ese momento, cada etapa fue distinta. Como si el cuerpo se hubiera adaptado… y la mente también.

Muchos hablan de los paisajes espectaculares, de la amabilidad de los gallegos o de la cantidad de animales que te acompañan en el recorrido. Y es cierto, todo eso forma parte de la experiencia. Pero, para mí, lo mejor del Camino no está ahí.

Lo mejor del Camino son las personas.

Se crea una especie de mundo paralelo, distinto al real, donde desaparecen muchas de las barreras que llevamos encima en el día a día. De repente, te ves compartiendo conversaciones profundas con desconocidos, intercambiando experiencias de vida con personas que vienen de distintos rincones del planeta.

Recuerdo hablar con Huang y Lin, amigos taiwaneses, sobre la presión constante de China sobre su país y el miedo real a una posible invasión. También a Carmen, que regenta un hotel en Puerto Vallarta, en México, y que me hablaba con naturalidad de lo que supone vivir en un entorno marcado por el narcotráfico.

Con Douglas, ingeniero de aguas en California, compartí reflexiones sobre el cambio climático y la falta de visión política en figuras como Donald Trump. Y, en contraste, un café con Guillermo y su esposa, residentes en Florida , él, durante años, guardacostas, me acercó a una visión distinta, más cercana a sus posiciones.

Y ahí está, quizá, una de las grandezas del Camino: no se trata de tener razón, sino de escuchar. De entender que el mundo es mucho más amplio que nuestra propia mirada.

Al final de cada jornada, encontraba un momento para la misa. Era como cerrar el día, como poner un punto y seguido desde la fe. Un espacio de recogimiento después del esfuerzo, casi necesario.

Dicen que el Camino de Santiago te cambia. No sé si en mi caso será así, o al menos no de una forma inmediata o evidente.

Lo que sí tengo claro es que, a partir de ahora, en cualquier situación adversa de mi vida, volveré mentalmente a esos días. A esos caminos, a esos silencios, a esa forma de estar en el mundo con más calma. Intentaré recuperar esa tranquilidad y ese sosiego que, casi sin darme cuenta, encontré durante aquella semana.

También me he hecho algunas promesas. No grandes discursos ni decisiones impulsivas, sino compromisos personales que solo el tiempo dirá si soy capaz de cumplir.

Si consigo ser fiel a esas promesas, entonces sí podré decir que el Camino ha sido algo más que una vivencia intensa y hermosa en una semana de abril de 2026. Habrá sido, en cierto modo, un punto de partida.

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