Un pastor que entendía el alma de la gente

Hay noticias que uno escucha y tarda unos segundos en asumir. Así nos quedamos muchos feligreses y vecinos al escuchar las palabras de D. Clemente López Yánez anunciando su traslado a Gran Canaria. Un silencio extraño recorrió la parroquia, como cuando algo importante se mueve por dentro y todavía no sabemos ponerle nombre. Porque no se marcha solo un párroco; se va una de esas personas que consiguen dejar huella desde la sencillez, sin grandes discursos ni protagonismos innecesarios.

D. Clemente llegó a nuestras parroquias de Nuestra Señora del Carmen, en Valterra, y San Antonio María Claret, en Altavista, nombrado por el obispo de la Diócesis de Canarias, José Mazuelos, en el curso pastoral 2024/2025. Y desde el primer momento supo conectar con la gente desde la humanidad más auténtica. Cercano, humilde y profundamente empático, nunca necesitó postureos para transmitir el mensaje cristiano. Escuchaba antes de hablar y comprendía antes de juzgar. Eso, en los tiempos que vivimos, vale muchísimo.

En mi caso personal, acudí a él tras el fallecimiento de mi madre, en mayo del pasado año. De repente dejé de entender muchas cosas de la vida. El dolor y la ausencia me hicieron perder respuestas y también parte de mi paz interior. Fue entonces cuando, tras un par de charlas con D. Clemente, empecé a comprender algo que hoy llevo muy dentro: que la vida es ese regalo de Dios que nunca debemos dejar de valorar, incluso en medio del sufrimiento. Recuerdo perfectamente escuchar sus palabras en la última oración dedicada a mi madre y posteriormente durante su funeral. En ese instante tuve muy claro que estaba delante del guía espiritual que necesitaba en aquel momento de mi vida.

Tenía además una capacidad poco común para analizar los problemas reales de las personas desde la base, desde la calle y desde la vida cotidiana. Hablaba con jóvenes, mayores, familias y personas heridas por la vida con la misma atención y respeto. Nunca imponía; acompañaba. Nunca señalaba; comprendía. Y quizá por eso muchos volvieron a sentir que la Iglesia también podía ser refugio, diálogo y esperanza.

Su marcha deja tristeza, claro que sí, pero también un profundo agradecimiento. Porque hay personas que pasan por un lugar y otras que permanecen en la memoria y en el corazón de quienes las conocieron. D. Clemente pertenece a estas últimas. Gran Canaria gana un sacerdote extraordinario, y nosotros perdemos a un pastor cercano que supo devolver fe, serenidad y esperanza a muchas personas desde la honestidad, la sencillez y la humanidad.

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