Mundial España : Por qué un título mundial con una segunda estrella no solo se celebra en los estadios: también impulsa la inversión, el turismo, las exportaciones y la reputación internacional de España.
«El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes». La frase, atribuida al técnico italiano Arrigo Sacchi, resume una verdad que a menudo olvidamos. Porque cuando una selección nacional levanta la Copa del Mundo no solo conquista un título deportivo: gana visibilidad, reputación y una capacidad de influencia que muy pocas campañas institucionales podrían comprar.
España tiene una relación compleja consigo misma. Somos un país acostumbrado a analizar nuestros defectos con más pasión que nuestras virtudes. Debatimos sobre política, economía o identidad con una intensidad que, a veces, nos impide reconocer nuestros éxitos. Sin embargo, basta que once futbolistas vestidos de rojo levanten el trofeo más prestigioso del deporte para que el mundo contemple una España distinta: moderna, competitiva, talentosa y capaz de alcanzar la excelencia.
Quien piense que un Mundial solo se juega sobre el césped se equivoca. Hace tiempo que el fútbol dejó de ser únicamente un deporte. Hoy es una industria global que mueve miles de millones de euros, genera audiencias planetarias y se ha convertido en una de las herramientas más eficaces de proyección internacional. El Mundial de Catar 2022 fue seguido por más de 5.000 millones de personas a lo largo del torneo y la final reunió a cerca de 1.500 millones de espectadores. Ninguna campaña de promoción turística o económica alcanza semejante impacto.
En ese escaparate global, cada país compite por algo más que un trofeo. Compite por construir una imagen. Y la imagen, en el siglo XXI, también es economía.
Los economistas coinciden en que ganar un Mundial no multiplica automáticamente el Producto Interior Bruto ni resuelve los problemas estructurales de un país. No reduce la deuda pública, no aumenta por sí solo la productividad ni corrige los desequilibrios del mercado laboral. Los milagros pertenecen al terreno de la fe; la economía suele moverse por causas bastante más complejas.
Pero sería un error concluir que el impacto económico es irrelevante.
Durante el campeonato aumenta el consumo interno. La hostelería llena sus terrazas, el comercio vende más productos vinculados a la selección, las marcas encuentran un escaparate extraordinario y el sector audiovisual registra cifras récord de audiencia. Todo ello supone una inyección de actividad que, aunque temporal, beneficia a numerosos sectores económicos.
Sin embargo, el verdadero valor aparece cuando se apagan los focos.
Vivimos en una economía donde los activos intangibles pesan cada vez más. La confianza, la reputación y el prestigio internacional son factores que condicionan decisiones de inversión, acuerdos comerciales y la capacidad de las empresas para competir en mercados exteriores. Eso es, precisamente, la marca España: la percepción que millones de personas tienen de nuestro país antes incluso de visitarlo o hacer negocios con él.
España posee multinacionales líderes en infraestructuras, energías renovables, banca, telecomunicaciones, alimentación, moda o turismo. Exporta conocimiento, tecnología e ingeniería además de productos. Una imagen internacional sólida facilita que esas empresas encuentren nuevas oportunidades y que el sello «hecho en España» inspire mayor confianza.
El turismo constituye probablemente el mejor ejemplo. Nuestro país recibe cada año más de 90 millones de visitantes internacionales, situándose entre los principales destinos del planeta. Un éxito deportivo no modifica por sí solo esa realidad, pero sí fortalece el atractivo de España como destino moderno, seguro y dinámico. La publicidad que proporciona un Mundial equivale a una campaña internacional cuyo coste sería prácticamente imposible de asumir por cualquier administración pública.
Existe además un efecto menos visible, aunque igualmente importante: la autoestima colectiva.
Las economías también funcionan gracias a las expectativas. Consumidores, empresarios e inversores toman decisiones influidos por el clima de confianza. Un gran triunfo deportivo genera optimismo, refuerza el sentimiento de pertenencia y proyecta una imagen de estabilidad y capacidad que trasciende al propio deporte. No es casualidad que muchas potencias utilicen los grandes acontecimientos deportivos como instrumentos de diplomacia económica y de influencia internacional.
España ya experimentó ese fenómeno en 2010. Mientras la crisis financiera dominaba los titulares internacionales, la selección campeona del mundo ofreció una narrativa completamente distinta. Durante unas semanas, el país dejó de asociarse exclusivamente con la recesión y comenzó a identificarse con el talento, la innovación y el éxito colectivo. Aquella generación no resolvió los problemas económicos, pero consiguió algo que ningún plan de comunicación habría logrado con semejante eficacia: cambiar la conversación.
Naturalmente, conviene evitar el triunfalismo. Una Copa del Mundo no sustituye las reformas económicas, la inversión en educación, la apuesta por la innovación o el impulso de la productividad. Pensar lo contrario sería tan ingenuo como creer que un buen anuncio basta para salvar una empresa mal gestionada. El verdadero desafío consiste en transformar ese impulso reputacional en una estrategia de largo recorrido que beneficie al turismo, a las exportaciones, a la inversión extranjera y a la proyección cultural de España.
Las grandes naciones han comprendido desde hace tiempo que la influencia ya no depende únicamente del tamaño de su economía o de su poder militar. También se construye a través del deporte, la cultura, la ciencia y la capacidad para inspirar admiración. En un mundo hiperconectado, la reputación se ha convertido en un activo estratégico.
Las estrellas que lucen las selecciones en el pecho no solo cuentan títulos. También cuentan historias. Hablan de un país que ha sido capaz de competir, de innovar, de trabajar unido y de proyectar al mundo una imagen de excelencia. En un siglo en el que la reputación es un activo económico de primer orden, cada estrella vale mucho más que el metal con el que está fabricada. Cotiza en los mercados de la confianza, de la inversión, del turismo y del prestigio internacional. Y ese, aunque no aparezca en el marcador, es quizá el mayor triunfo que puede conseguir un país.
Porque, al final, un Mundial puede durar un mes y una celebración apenas unas horas. Pero la imagen que un país proyecta al mundo, cuando sabe aprovechar un éxito colectivo, puede traducirse en oportunidades durante años. Hay victorias que llenan vitrinas. Otras, además, fortalecen economías, abren mercados y construyen prestigio. Esas son las que convierten una estrella bordada en una camiseta en un activo que, metafóricamente, también cotiza en bolsa. – Armando Santana


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